Tax Memo

Impuesto a las Ganancias: El tema candente

Los empleados están muy alertas acerca de cómo incide el impuesto a las ganancias en sus remuneraciones de bolsillo. Hoy, la percepción popular es que ese impuesto integra la remuneración a punto que toda reducción del mismo es una conquista social y un cierto derecho adquirido a mantener frente a cualquier incremento remuneratorio que reponga el valor del sueldo frente a la inflación. Ello no era así hace 20 años, pues en ese entonces sólo los empleados de alta jerarquía podían llegar a sentir el impacto del impuesto.

El voluntarismo político de ignorar la inflación llevó a la desnaturalización del impuesto a las ganancias al punto de haberse difundido el mote de impuesto al trabajo.

La razón de tal desvío es que el impuesto a las ganancias no se lleva bien con la inflación, a diferencia del IVA o de los impuestos internos a los cigarrillos, bebidas alcohólicas o al lujo, por ejemplo, que se calculan en un porcentaje sobre el precio de venta. Los adquirentes de los bienes o servicios gravados ni se dan cuenta que escondido en el precio están afrontando impuestos altísimos y gravemente injustos, pues paga lo mismo todo consumidor, rico, humilde, rentista o asalariado. Si hay inflación el precio aumenta y en la misma proporción aumentan esos impuestos al consumo con prescindencia de la evolución del salario.

Por ejemplo, cada vez que una persona gasta $ 100 en alimentos o indumentaria, paga $ 17,35 de IVA. Si su remuneración mensual es de $ 40.000 brutos y está casado con dos hijos el impuesto a las ganancias representa el 6% de su remuneración de bolsillo, mucho menos que el IVA que lleva escondido su consumo.

La esencia del impuesto a las ganancias requiere medir las ganancias de cada persona humana y, según su magnitud, aplicar una alícuota a medida de cada caso, a través de la famosa escala del impuesto, con cierta noción de “justicia”.

Los dos elementos cruciales en la “equidad” del impuesto son las deducciones y la alícuota que resulta de la escala. El monto de las deducciones personales es convencional, en Argentina y en todo otra nación, pero, obviamente, hay una percepción social acerca de la injusticia de tributar sobre valores por debajo de una línea de convicción. Este línea de mínima no imposición es precisamente uno de los aspectos que está en debate en este momento, además de la definición de la escala.

Otra cuestión que merece ser atendida es que el impuesto es más amistoso para los trabajadores en relación de dependencia que para los autónomos porque la denominada deducción especial es más del triple de la que se aplica a estos últimos. El empleado o asalariado paga mucho menos de Impuesto a las Ganancias que un profesional independiente, con igual monto facturado en concepto de honorarios, salvo que encuadre en el monotributo. Es una conquista social de los trabajadores quienes, a través del aporte del estado lograron una mejora de su ingreso. Se podría también justificar porque el trabajador abona el impuesto cada mes, sin poder aventajarse de la inflación, pero es innegable que existe un corte o desproporción exagerada entre la incidencia del impuesto en uno u otro caso.

Vale reiterar que si el importe de las deducciones y el de los escalones o tramos que definen qué alícuota se aplica en cada nivel de ingreso no acompañan a la inflación o al incremento medio nominal de los ingresos de las personas, el esquema progresivo originariamente ideado se desmorona y el efecto lleva a la inequidad y al reclamo de los trabajadores. Este mal viene de hace más de 25 años y remediarlo requerirá de cierto consenso.

La cúspide del absurdo fue el decreto de agosto 2013 que exoneró del impuesto a todo aquél que en esa época ganaba hasta $ 15.000 sin diferenciar si era soltero o con cargas de familia. La nueva tabla de deducciones que establece el decreto 394/2016 es mucho más racional y solvente, pese a las críticas basadas en la pérdida de una porción del ingreso para algunos contribuyentes que estaban beneficiados con el anterior decreto y de los legítimos reclamos para levantar el piso de imposición.

Hablemos de la escala: la misma contempla alícuotas que van del 9% al 35% en 7 escalones con valores congelados del año 2000, fácil es concluir que ha perdido absolutamente la funcionalidad que otrora tuvo para dar efectos progresivos al impuesto. Con la escala congelada el impacto del impuesto crece rápidamente al último escalón. Ello no significa que una persona tribute a la tasa del 35% porque debe considerarse el efecto de las deducciones de modo que una persona casada con 2 hijos que llega al escalón del 35% con una remuneración de $ 45.000 brutos el impuesto resulta en el 16 % de su sueldo de bolsillo (que es de $ 37.350) si es soltero y al 9,5% si tuviere una familia tipo.

La apreciación acerca de cuál debe ser la incidencia del impuesto que se considere “justa” debe ser resulta en el Congreso pero sin duda, si las deducciones crecieron significativamente para tratar de mantener o acercarse al salario neto real, la suba de la escala debe conciliarse para mantener al menos una imposición razonable, suavemente progresiva.

No es un tema fácil. La actual administración merece que tengamos algo de paciencia y confiemos en su criterio. La modificación del Impuesto a las Ganancias es uno de los grandes desafíos, de ningún modo se agota en deducciones y tramos de la escala, la cuantificación de la ganancia empresarial está también distorsionada, hoy pagan más quienes ganan menos porque el efecto de la inflación pasa de largo para ventaja de muchos y perjuicio de otros tantos.

En el tema de escalas, también las alícuotas del impuesto sobre los bienes personales deben ser modificadas, reducidas, sin duda, considerando la tremenda disminución habida en los últimos años de la renta potencial de las inversiones personales, por lo cual para poner a este gravamen en línea con criterios de equidad y también de eficiencia ante una economía en desarrollo es insuficiente elevar el monto mínimo no imponible. Esta reforma, además, es indispensable para cualquier plan de blanqueo futuro de fondos o bienes del exterior que se pretenda sea exitoso.

Cecilia Goldemberg
Socia Senior